El viejo cabrón se detiene detrás de una mujer a la que ha visto desde el pasillo central del supermercado. Le mira el culo, uno de los más gordos que ha visto en mucho tiempo, y reprime las ganas de tocarlo. La mujer ha cogido una lata de tomate triturado natural, la más barata, cuando el viejo le grita: “¡sal, gorda!”. La mujer, colorada como el tomate de la lata que tiene en la mano, se gira irritada, colérica, dispuesta a castigar la ofensa con un guantazo. En ese instante, el viejo, con un paquete de sal en la mano, le dice:
—Disculpe, señorita: ¿verdad que aquí pone “sal gorda”? Esque no lo veo muy bien…
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