lunes, 25 de abril de 2011

La boda.

Los invitados fueron ocupando los bancos de la iglesia. Los de la novia, a la derecha, según se entra, y los del novio, a la izquierda. La novia, como es costumbre, llegó tarde. Llevaba un vestido precioso, de color negro, muy ajustado. Cuando llegó frente al cura, el novio se inclinó ante ella y agachó la cabeza. El cura, entonces, dijo:
—Estamos aquí reunidos en la presencia de Dios y de estos testigos para solemnizar ante el Todopoderoso, y en el nombre de nuestra santa religión, la unión en matrimonio de este hombre y esta mujer. Alfredo: ¿aceptas a Mónica, cuya mano sostienes con respeto, como tu legítima Ama; prometes solemnemente delante de Dios y de estos testigos, que la amarás, honrarás, lamerás sus pies y cuanto te ordene que lamas, aceptarás de buen grado sus castigos, agradecerás que venda tu cuerpo a terceros, mantendrás abstinencia y te reservarás única y exclusivamente para los caprichos de tu Ama mientras Dios le conceda vida?
Alguien tosió.
—Sí, quiero.
—Mónica: ¿Toma usted a esta perra cuya mano sostiene como su legítimo esclavo; promete usted solemnemente delante de Dios y de estos testigos, que lo castigará cuando éste se lo merezca, lo humillará, lo sodomizará, lo exhibirá ante sus amigos y le obligará a complacerla en sus más oscuros deseos hasta el día que se canse de él?
—Sí, quiero.
La madre del novio comenzó a llorar emocionada. Su marido le pasó el brazo por el hombro y sonrió.  
—Así pues, yo los declaro Ama y esclavo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.  Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puedes besar los pies de tu Ama.


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